Serie: Territorios — historia, geografía y cultura de los caminos que recorremos en moto
En 1865, un grupo de 153 galeses abandonó Liverpool a bordo de un clipper llamado Mimosa con una idea que rozaba lo utópico: fundar una colonia en la Patagonia argentina donde la cultura galesa y el idioma pudieran sobrevivir. No huían de la pobreza, al menos no principalmente. Huían de algo más difícil de cuantificar: la absorción cultural de la Inglaterra victoriana. El galés estaba siendo desplazado por el inglés en las escuelas, en los tribunales, en la Iglesia. Si algo no cambiaba, en dos generaciones desaparecería.
La solución que propuso Michael D. Jones, pastor no conformista de Bala, fue radical: no resistir en Gales sino marcharse lo suficientemente lejos como para que la presión inglesa no llegara. La Patagonia, entonces casi desconocida para el mundo anglosajón, parecía perfecta: tierra disponible, ausencia de colonos ingleses, y un gobierno argentino que necesitaba poblar el sur para fijar soberanía y estaba dispuesto a ofrecer condiciones generosas.
El sueño se llamó Y Wladfa. En galés: la colonia, el establecimiento, el lugar propio.

El desembarco
El Mimosa llegó a Punta Cuevas el 28 de julio de 1865, pleno invierno patagónico. Lo que encontraron no era lo que esperaban: la Patagonia que describían los informes era una tierra fértil con agua abundante. Lo que tenían delante era la meseta chubutense, árida, plana, azotada por el viento, sin un árbol en el horizonte. Varios colonos querían regresar. El barco ya no estaba.
El destino acordado con el gobierno argentino era el valle del río Chubut, pero la geografía no coincidía con lo que habían imaginado: el Golfo Nuevo no tiene conexión con el río, cuya desembocadura está 65 kilómetros al sur. Mientras se organizaba la marcha y llegaban las primeras misiones de abastecimiento, los colonos pasaron unas seis semanas en la costa. Algunos excavaron refugios en la roca blanda de los acantilados —ese sitio existe todavía, integrado hoy al centro de Puerto Madryn como monumento histórico. En septiembre establecieron el primer asentamiento permanente en el valle, al que llamaron Rawson, en honor al ministro de Interior Guillermo Rawson, decidido impulsor de la colonia.
El valle del Chubut y la irrigación
Los colonos se trasladaron al valle y construyeron un sistema de canales de riego que transformó la estepa en tierra cultivable. No tenían ingenieros: tenían la tradición agrícola galesa y la necesidad de sobrevivir. En pocos años el trigo crecía en la ribera del Chubut con una productividad que sorprendió al propio gobierno argentino, que en 1884 formalizó la presencia de la colonia como Territorio Nacional del Chubut.
Las ciudades que surgieron de ese esfuerzo tienen nombres que hoy son parte del mapa: Rawson, Puerto Madryn —en honor a Sir Love Jones-Parry, primer baronet de Madryn y uno de los financistas de la empresa—, Trelew (tref = pueblo, Lew = Lewis Jones), Gaiman y Dolavon. En Gaiman se concentra todavía la densidad mayor de hablantes de galés en Argentina —y fuera de Gales, es uno de los pocos lugares del mundo donde el idioma se transmite de manera orgánica entre generaciones.
El galés que hablan en Gaiman y en Trevelin no es exactamente el galés de Cardiff. Es un galés conservado en ámbar, que preserva expresiones y giros del siglo XIX que en Gales mismo han desaparecido. Los lingüistas lo estudian como una variante viva de una lengua más antigua.

La Ruta de los Rifleros y Cwm Hyfryd
A fines de la década de 1870, la colonia había superado las crisis más agudas pero enfrentaba un nuevo problema: la tierra disponible en el valle del Chubut era finita. Las familias se multiplicaban y los lotes escaseaban. Algunos colonos empezaron a mirar hacia el oeste, hacia la cordillera, donde ningún europeo había llegado todavía de manera sistemática.
En 1885, un grupo de exploradores —entre ellos el joven John Daniel Evans, que luego sería conocido como El Baqueano— emprendió la expedición hacia los Andes junto al gobernador del territorio, Luis Jorge Fontana. Cruzaron la meseta, treparon los contrafuertes de la cordillera y encontraron un valle con agua, pastos, árboles y un microclima radicalmente distinto al de la estepa: húmedo, verde, protegido de los vientos del este por las cumbres andinas.
Lo llamaron Cwm Hyfryd: el valle hermoso.
El camino que abrieron se llamó la Ruta de los Rifleros —los hombres iban armados, era tierra de frontera— y conectó el valle del Chubut con los Andes a través de más de 500 kilómetros de meseta. Esa ruta siguió siendo el eje del transporte patagónico durante décadas. Hoy, con modificaciones, la Ruta 25 sigue en buena medida su trazado, paralela al río Chubut hacia la cordillera.
1902: votar la identidad
En 1881, Chile y Argentina formalizaron el tratado de límites, pero el trazado definitivo fue un proceso muy largo —aún hoy hay zonas sin delimitación precisa en los Hielos Continentales— que quedó en manos de una comisión mixta con árbitro designado por la corona británica. Al sector de Cwm Hyfryd le tocó el turno a inicios del siglo XX. La divergencia entre los criterios de «altas cumbres» y «divisoria de aguas» era enorme: usando uno u otro, la frontera podía moverse 50 kilómetros de oeste a este sobre un territorio ya mensurado y habitado.
Para resolverlo, el mediador inglés Thomas Holdich propuso consultar a los propios habitantes. En 1902 se organizó un plebiscito entre los colonos del valle: ¿argentinos o chilenos?
Era una situación sin precedente: ciudadanos europeos que habían llegado precisamente para escapar de una nación que los absorbía debían decidir a cuál de dos naciones sudamericanas querían pertenecer.
Votaron Argentina. Las razones fueron pragmáticas: Buenos Aires les había dado las tierras, había respetado su autonomía cultural, y los funcionarios argentinos habían mostrado más disposición que los chilenos a dejarlos en paz. La escuela donde se realizó la votación existe todavía en Trevelin y funciona como museo.

Lo que quedó
Las capillas son el registro más tangible de lo que los galeses construyeron en los Andes. La Capilla Bethel en Trevelin data de 1904 —la primera construcción de piedra del valle. La Capilla Seion en Esquel es de 1914. Son edificios simples, de una austeridad que tiene más de congregacionalismo protestante que de catolicismo mediterráneo: sin santos, sin imágenes, con los bancos orientados hacia el púlpito y la luz entrando lateral por ventanas altas.
Cada 28 de julio, las familias que descienden de aquellos colonos celebran el Gŵyl y Glaniad —la Fiesta del Desembarco— con cantos en galés, lecturas, y una mesa larga con torta negra, scones, mermeladas caseras y crema. Es una ceremonia que no ha cambiado sustancialmente desde que la primera generación la instauró como ritual de memoria. El canto comunitario —los galeses cantan a varias voces, sin dirección, por entrenamiento cultural— sigue siendo la parte más sorprendente para quien lo escucha por primera vez.
El idioma persiste. No como curiosidad folclórica sino como lengua funcional: hay una escuela de galés en Trevelin donde los niños aprenden a leer y escribir en galés además del castellano. Profesores llegan desde Gales con becas del gobierno del Reino Unido. Los apellidos —Evans, Jones, Williams, Thomas, Roberts, Humphreys— están en las listas electorales, en las empresas locales, en los clubes de campo.
La Compañía Minera Fénix y el capítulo olvidado
Hay un episodio menos conocido de Y Wladfa que merece un párrafo. A fines del siglo XIX, un grupo de colonos organizó la Compañía Minera Fénix con un proyecto ambicioso: extender la colonización hacia el sur y el este de la Cordillera, aprovechando los recursos hídricos del lago Chelenco —hoy lago Buenos Aires y General Carrera— el río Fénix y el valle del río Deseado en la provincia de Santa Cruz.
El proyecto no prosperó —el Estado argentino no aceptó el intercambio de tierras por trabajo de colonización y respondió con una contrapropuesta imposible— pero las exploraciones que realizaron son un capítulo notable de la cartografía patagónica. Dejaron registros, nombres geográficos, y una visión de la Patagonia interior genuinamente adelantada a su tiempo. Esos territorios hoy se pueden recorrer en moto: el lago Buenos Aires, la meseta del Deseado, los cañadones del río Pinturas donde está la Cueva de las Manos.
Recorrerlo en moto
La geografía de la Patagonia galesa tiene una escala que tiene mucho sentido desde una motocicleta.
Si bien no son destinos de fama internacional en el imaginario de aventuras en moto, recorrer la Península de Valdés y sus posibilidades de avistaje de fauna marina —ballenas francas australes, elefantes y lobos marinos, orcas, pingüinos, y toda la gama de aves del Atlántico sur— rodando por caminos arenosos y solitarios es un destino extraordinario, con Puerto Madryn y Puerto Pirámides como ejes.
Un poco hacia el sur, las ciudades de Trelew y Rawson y el valle inferior del río Chubut —con Gaiman, Dolavón y 28 de Julio— permiten entrar de lleno en la historia de la colonia galesa, recorriendo chacras, museos y pueblitos que parecen sacados de otro siglo.
De ahí a la cordillera de los Andes son 600 kilómetros que se recorren a la vera del río Chubut, pasando por los valles de Las Plumas y Los Altares. Este último es una formación tipo cañón de paredes verticales de roca roja intensa y verde extraordinario, que recuerda al Gran Cañón del Colorado.
Tras la travesía esteparia llegamos a los contrafuertes cordilleranos y a Tecka, con su impronta Tehuelche, para cargar combustible y almorzar en la ruta. Es el empalme con la Ruta 40.
En breve llegaremos al Valle 16 de Octubre —Cwm Hyfryd— habiendo completado el mismo recorrido que hicieron los primeros colonos en carretas tiradas por mulas y bueyes, hace casi 140 años.
En la cordillera las posibilidades son enormes. Desde el Parque Nacional Los Alerces —con sus alerces milenarios— y la comarca andina del paralelo 42 que va desde Cholila hasta El Bolsón y Epuyén; o hacia el sur, los paraísos de pesca con mosca de Corcovado, Río Pico y el lago Vintter, o el río Futaleufú. La Piedra Parada hacia el noreste, muy cerca de Gualjaina. Lugares increíbles por su historia y su geografía, y muy divertidos para andar en moto —tanto que la primera edición sudamericana del Dakar recorrió estas mismas rutas.
Esquel y Trevelin son las ciudades cabecera del sector: excelente oferta hotelera, gastronómica y cultural, además de servicios mecánicos para todo tipo de motocicletas.
Crhistian Austin, fundador de R40MOTO y descendiente directo de colonos del Mimosa, nació en Esquel a metros de varios de los sitios de esta historia. El Rocky Trip —once días y casi 3.000 kilómetros entre la Patagonia de los galeses y la Ruta 40— está diseñado con ese conocimiento de adentro: las familias que reciben a los viajeros, los archivos fotográficos, las capillas que normalmente están cerradas, la noche de canto comunitario. No es turismo de superficie. Es acceso real a una historia que todavía respira.








